jueves, 7 de septiembre de 2017

LA CIVILIZACION REVERSIBLE

Lo que no es tolerable es precisamente la intolerancia, el fanatismo, y todo lo que pueda conducir a ello



He querido comenzar este artículo de mi blog con este video, que resume de una forma magistral su punto de vista. Es una escena de la archiconocida La vida de Brian, en la que unos radicales judíos debaten acerca de los beneficios de la conquista romana y las ventajas o desventajas recibidas. El Imperio que los romanos establecieron supuso la extensión de la civilización y el progreso, una fertilización cultural, social y tecnológica que cambió la vida de sus habitantes durante generaciones. A veces, esta expansión se realizaba de forma pacífica e incruenta pero también es cierto que, con frecuencia, los pueblos eran anexionados por la fuerza de las armas, en largas guerras en las que los romanos se acababan imponiendo a un conquistado, que tardaba en aceptar esta dominación. Hasta el siglo V de nuestra era, el Imperio Romano fue el estado más eficiente, moderno y avanzado de su tiempo. De hecho, fue, quizá junto con el Chino, el único Estado que podía denominarse como tal, de entre todas las naciones que habitaban el Planeta. Durante generaciones, sus habitantes gozaron en su interior de un nivel de vida, seguridad y prosperidad muy superior a todo lo que podía encontrarse fuera. Desde Britania hasta Mesopotamia, la curva del progreso económico, político, ideológico y cultural fue ascendente durante siglos.

Y sin embargo, todo eso acabó. 

Fuerzas externas junto con debilidades y complacencias internas, provocaron su caída, desmembramiento y desintegración. La civilización romana de Occidente fue destruida y sustituida por una amalgama de estados dominados por élites germánicas, cuyas fuerzas habían derrotado a un exhausto ejército romano. Todo tipo de godos, francos, alanos y anglos comparten el dudoso honor de inaugurar los oscuros años de la Edad Media. Solo la parte Oriental del Imperio mantuvo encendida la luz de la civilización durante toda la Edad Media, aunque su extinción acabó verificándose en cómodos plazos entre 1204 y 1453. Su propio nombre, Edad Media, designa aquello que se encuentra entre un principio y un fin.

En Occidente, el recuerdo y la añoranza del Imperio Romano perduró en el inconsciente colectivo durante siglos, convirtiéndose en el ideal a añorar y recuperar. El eco de un mundo en el que imperaban el derecho, la paz y la prosperidad está en el fondo de las leyendas artúricas. Hasta el siglo XV la civilización occidental casi detuvo su progreso económico y social. A ese siglo los historiadores lo llamaron el siglo del Renacimiento: hubo que volver a nacer, recuperando el progreso allí donde se quedó, en el fin de la Antiguedad. En la cultura, en el derecho, en las artes y en la ciencia, la Humanidad retomó su progreso allí donde lo había dejado y justo cuando los turcos apagaban la luz de Constantinopla. A partir de ahí, durante la Edad Moderna, Occidente avanzó, de un modo bastante inconstante, por la senda del progreso, sacudiéndose una lacra medieval tras otra, hasta nuestra era actual, curzando etapas con nombres tan sugesitovos como Edad Moderna o Ilustración.

Como vemos, la historia de la Humanidad no ha sido siempre un camino de progreso. La regresión, el retroceso de los avances y los logros sociales, culturales y científicos es un fenómeno completamente real y comprobado. Si necesita el lector ejemplos más concretos y cercanos, puede tomar algunos de nuestra propia Historia, la de España, donde encontrará algunos “vivan las cadenas”, mucha inquisición y bastantes luchas fratricidas, hechos que han mantenido a nuestro país a la cola de Occidente hasta finales del siglo XX.  Si es ambicioso, puede el lector progresar en el estudio de civilizaciones perdidas, donde se dará de bruces con el moderno debate de si ésta que conocemos, es o no la primera Humanidad de la Tierra.

En realidad, el progreso puede adquirir distintas velocidades según las zonas del mundo, donde vemos que una mera frontera separa hoy a pueblos sumidos en la Edad Media de otros que se han ganado a pulso su estatus actual.
Parlamentarias antes y despues de la Revolución Islámica

Porque al final, lo que realmente alarma es que la civilización parece ser reversible. Países que han disfrutado de un grado de bienestar y libertades moderno han venido sufriendo regresiones revolucionarias y en ocasiones violentas para volver a la Edad Media. En Occidente nos pasaron casi desapercibidas. Pero fueron numerosos los países donde la versión más rancia y casposa del Islam hincó sus roídos dientes para lograr subsistir. Como un monstruo de otro tiempo que se niega a morir, el Islam medieval se impuso allí donde la debilidad de los moderados se lo permitió. Financiado por grandes fortunas y la errónea política exterior de los Estados Unidos, el monstruo se hizo con un poder que nunca debió tener. Y allí, los derechos sociales, las libertades, la cultura y el progreso se volaron por los aires con ayuda del miedo, el atraso ideológico, la violencia y la represión. Los europeos casi ni nos enteramos.

Pero ahora nos estamos enterando. Y si lo hicimos fue a través de unas noticias que nos presentaban aquellos hechos, envueltos en un celofán de buenismo, de ingenuidad y buenismo, de simpatía y romanticismo. Qué lindas las primaveras árabes.

Debemos enterarnos de que la nuestra, nuestra civilización también es reversible. Europa se está enterando de las amenazas que penden sobre su estilo de vida, a su progreso, a su filosofía de entendimiento de la libertad, la sociedad y el progreso. Las amenazas se han colado hasta la cocina gracias a nuestra complacencia que, disfrazada de buenismo, adornan nuestro pecho como si fuéramos generales muy condecorados. Como en el Imperio Romano, las debilidades internas se pueden aliar con las amenazas externas, para dar al traste con siglos de avances y conquistas sociales. 

Son sin dudas, cuestiones a tener en cuenta, no para vivir con miedo, sino para nunca dormirse. Son reflexiones que nos invitan a no bajar la guardia, a permanecer alerta, a actuar con toda la firmeza de la fuerza contra aquellos que se propongan aprovecharse de nuestro progreso para imponer su viaje a la Edad Media.

Terminaré con todo un párrafo de Karl Popper, de su libro La sociedad abierta y sus enemigos;
Menos conocida es la paradoja de la tolerancia: La tolerancia ilimitada debe conducir a la desaparición de la tolerancia. Si extendemos la tolerancia ilimitada aun a aquellos que son intolerantes; si no nos hallamos preparados para defender una sociedad tolerante contra las tropelías de los intolerantes, el resultado será la destrucción de los tolerantes y, junto como ellos, de la tolerancia. Cono este planteamiento no queremos significar, por ejemplo, que siempre debamos impedir la expresión de concepciones filosóficas intolerantes; mientras podamos contrarrestarlas mediante argumentos racionales y mantenerlas en jaque ante la opinión pública, su prohibición sería, por cierto, poco prudente. Pero debemos reclamar el derecho de prohibirlas, si se necesario por la fuerza, pues bien puede suceder que no estén destinadas a imponérsenos en el plano de los argumentos racionales, sino que, por el contrarío, comiencen por acusar a todo razonamiento; así, pueden prohibir a sus adeptos, por ejemplo, que prestan oídos a los razonamientos racionales, acusándolos de engañosos, y que les enseñan a responder a los argumentos mediante el uso de los puños o las armas. Deberemos reclamar entonces, en nombre de la tolerancia, el derecho a no tolerar a los intolerantes. Deberemos exigir que todo movimiento que predique la intolerancia quede al margen de la ley y que se considere criminal cualquier incitación a la intolerancia y a la persecución, de la misma manera que en el caso de la incitación al homicidio, al secuestro o al tráfico de esclavos.
Hasta la próxima.


Lo que no es tolerable es precisamente la intolerancia, el fanatismo, y todo lo que pueda conducir a ello.
Voltaire 1644-1778
Historiador, filósofo, escritor y abogado francés


miércoles, 22 de marzo de 2017

LA PELA NO ES LA PELA

Para que triunfe el mal, basta con que los hombres de bien no hagan nada.


19 de marzo de 1994, Alcalá de Guadaira, Sevilla. Cientos de familias se manifiestan en protesta por el anuncio de cierre salvaje de la fábrica de la multinacional norteamericana Gillette. Doscientos cuarenta y seis trabajadores estaban virtualmente en la calle, pero estaban dispuestos a luchar. Luchaban porque aquella empresa multiplicaba sus beneficios mundiales año tras año. Luchaban porque se llevaban la producción a otros países, con el fin de pagar salarios miserables a trabajadores rusos, turcos y polacos. Luchaban porque aquella fábrica suponía el sustento de todas esas familias de Alcalá y Sevilla desde 1967. 

Pero Gillette cerró. De nada sirvieron las protestas, los gritos, los tumultos, las lágrimas de hombres y mujeres que quedaron en el paro, muchos de ellos para siempre. Alguien, en algún despacho de sillones de cuero y maderas nobles, había decidido que la suerte de 246 familias de aquella ciudad del sur de España estaba echada. 
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Tenía entonces yo 23 años y ultimaba mis estudios de la carrera de Ciencias Económicas y Empresariales en la Universidad de Sevilla. Aquello que veía por la televisión causó una honda conmoción en mi joven mente de futuro economista. Rebelado ante la impotencia, me preguntaba si podría hacerse algo , algo más que manifestarse, algo más que gritar y que llorar. Me preguntaba si la gente, los ciudadanos de a pie, los pobres y pequeños patriotas del pueblo, podrían hacer un gesto, aunque fuera insignificante, para mover las montañas de la economía y las voluntades políticas. ¿De verdad no podía hacerse nada contra aquello?

Aquellas ideas que me asaltaron entonces, han sido compartidas después por muchos teóricos de la economía, hasta el punto de que, gracias a muchas obras y artículos, están mucho más desarrolladas en este siglo XXI actual. Aunque todavía queda mucha conciencia de masas que desarrollar, hoy por hoy, los consumidores son mucho más conscientes de su poder colectivo de lo que lo eran antes. Sin embargo, lo que en realidad falla a nivel de masas, es la cadena de transmisión que va de la conciencia a la acción. Es aquí donde encontramos lo que los expertos llamarían el “gap”, la brecha, la discontinuidad de la que todavía se sirve el gran interés económico para despreciar o, al menos, no temer, el gran poder del consumidor consciente

¿Qué supone ser un consumidor consciente? Pues ni más ni menos que no formar parte del rebaño. El consumidor consciente es  aquel que no se deja seducir por el precio y se hace preguntas, va mas allá, piensa en las consencuencias, aunque sean minúsculas, de su decisión de compra. Y la decisión la componen respuestas a preguntas como, qué comprar, dónde comprarlo y a quién.

Porque, por desgracia para todos nosotros, aquello de la pela es la pela, es el arma sutil y al mismo tiempo poderosa, que manipula la voluntad de las masas a nivel industrial. Sin embargo, aún queda una esperanza a los patriotas. A los únicos patriotas reales les queda convertirse en consumidores conscientes.

Nos engañan para buscar gasolineras donde podamos repostar cada vez más barato, pero aceptamos de buen grado tener que servirnos nosotros mismos el combustible. Así nos la dan barata sí, pero a costa de eliminar puestos de trabajo. Los mismos puestos que está eliminando la banca, gracias a que los canales online sustituyen a los empleados. Los mismo puestos que eliminan los supermercados, donde el cliente ya no solo se sirve los productos sino que incluso se los pesa en la frutería y dentro de poco se los cobra a sí mismo en una caja automatizada.

Presumimos de ecologistas y amantes del medio ambiente, pero rehusamos pagar unos euros de más consumiendo productos ecológicos libres de pesticidas o carnes de producción respetuosa con el planeta.

Compramos un coche , mendrugos y zoquetes todos nosotros, y elegimos uno fabricado en Suecia, siendo España uno de los mayores productores de coches del mundo, con plantas de fabricación en Cataluña, Valencia, Aragón…

Presumimos de patriotas, pero no leemos las etiquetas de lo que compramos. Suscribimos seguros y no nos importa si esa compañía tiene su domicilio social en Gibraltar, con lo que nos convertimos en cómplices del colonialismo y de los paraísos fiscales. Todos aquellos poderosos que, cada mes de agosto, ponen una banderita española en la mano de cada ciudadano para enojarnos contra Gibraltar, son los mismos que tienen radicadas sus empresas allí, donde se estima que los seis kilómetros cuadrados de colonia albergan 80.000 empresas, la mayoría de ellas de capital…. ¿británico?... no, español.

Clamamos contra el paro que azota nuestro país, nuestra región, pero hacemos kilómetros para comprar en grandes almacenes de ferretería y jardinería, sin hacer ni el intento, de preguntar en el negocio local de nuestro barrio o nuestro pueblo, si tendrían tal o cual artículo. Pensamos que será más caro y no estamos dispuestos a soltar ni un céntimo de más.

Lo mismo aplica a esos famosos bazares que nos seducen con su variedad y precios, porque tienen de todo, pero que no dejan en nuestra ciudad ni en nuestra economía ni un céntimo más de lo imprescindible, porque todos los euros que les damos viajan veloces al lejano oriente. ¿En serio que es saludable para su región comprarles a ellos?

Y nos quejamos de la insolidaridad del separatismo nacionalista, que pretende arrancar del común la riqueza que nuestros abuelos y padres localizaron allí, pero al mismo tiempo compramos productos, vemos películas y mandamos todos los euros de España hacia aquellas regiones, tan solo porque la pela es la pela y no vamos a molestarnos en comprar una pizza, un jamón de york, un caldo de pollo o un cacao soluble un poco más caro o disponible en el supermercado de dos calles más allá. Faltaba más.

Clamamos contra los sueldazos y las puertas giratorias de las grandes eléctricas, pero ¿cuántos de nosotros penalizamos a tal o cuál eléctrica, eligiendo la competencia? Igual ocurre con las compañías telefónicas. Algunos se fueron de Vodafone, donde estaban bien tratado sen cuanto a servicio y tarifas. ¿La causa? Un anuncio de TV de mal gusto, insolidario e insultante con un determinado colectivo social (los afectados lo recordarán bien). El público clamó disgustado, la compañía retiró el anuncio a las pocas semanas y pidió disculpas. A muchos no le sirvieron. No daban crédito a que se fueran de Vodafone por causa de un anuncio de televisión. Otros protestaban en Twitter, pero su protesta era dejar su operadora. Es así de simple. Sin miedos.

"Mientras sean pobres comprarán según el precio. Mientras compren según el precio les venderemos lo que queramos. Mientras nos compren a nosotros seguirán pobres." Por eso nada cambia nunca. Por eso los ricos son cada vez más ricos y los pobres cada vez más numerosos. En España, la crisis ha hecho duplicar las fortunas de los que ya eran ricos, mientras que ha acuñado términos como "trabajador pobre" e incluso "empresario pobre", para designar algo terrible, que puede tenerse un empleo, ser empresario o autónomo, y ser casi tan pobre como estando en paro.

Esta es la falta de conciencia, patriotismo y compromiso que aboca a las masas a seguir siendo manipuladas, a regiones como Andalucía a permanecer a la cola de la industrialización, el comercio y la renta per capita. Esta falta de consecuencias fue lo que decidió a Gillette a cerrar su fábrica de Sevilla, como después hizo Flex y después Roca. ¿Han pensado en las consecuencias para Flex si 8 millones de andaluces decidieran no comprar ningún colchón más de esa marca en toda su vida?

El día en que los consumidores alineen sus creencias con sus actos, sus opiniones con sus decisiones reales, solo ese día, comenzará la verdadera democracia participativa, el verdadero gobierno del pueblo, no ya con un voto cada cuatro años, sino con el voto diario y poderoso de elegir qué y, sobre todo, a quién compramos. En este mundo globalizado, el dinero, nuestro dinero, es el que en realidad manda.
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Con los ojos entornados por el sueño, mientras suenan en la radio las noticias del día, me miro al espejo congratulándome porque estoy vivo un día más y tengo el gustazo diario de coger mi Wilkinson Sword Hydro 5 y afeitarme la cara con ella. Wilkinson nunca cerró una fábrica en Sevilla, porque nunca la tuvo. Pero este que está aquí, el hijo de un dependiente de comercio, se prometió a sí mismo, un día del padre de 1994, que a Gillette le podían ir dando por culo. De por vida.

Para que triunfe el mal, basta con que los hombres de bien no hagan nada. 
Edmund Burke, escritor, filósofo y político británico.

 

viernes, 25 de noviembre de 2016

PERCIBO AZUL



 Buenas tardes a todos y gracias por vuestra asistencia. 

Tengo el encargo de presentar hoy a mi amigo Fernando. Prometo no aburrirles con esta pequeña charla, no por divertida y amena, sino por breve. Unos 10-15 minutos dijo Fernando. Así que mi cerebro descartó aquello de 15 y solo recordó que me dijera “habla 10 minutos”. Como estamos entre amigos, os ruego que me interrumpáis si digo cualquier impropiedad, o bien que echéis una cabezadita, u os levantéis para pediros algo. Todo será poco alivio para ustedes, si mi discurso sale como temo. 

Yo ya sabía que Fernando era un tipo raro. Rarito, como yo. Pero que pidiera que alguien como yo se encargara de algo tan importante para él, comenzó a preocuparme, sinceramente. 

“Vengo a meterte en un lio”, fueron sus palabras, hace poco más de una semana. No te lo he dicho antes para no ponerte más nervioso, pero pensé “menudo lío”. Por suerte, me decía yo, algunos de los que estén allí ya le conocerán de sobra. Así trataba yo de aliviarme del peso de la responsabilidad que suponía, pasar a formar parte de la vida de un amigo, en un día tan señalado como la presentación de Percibo Azul. Porque esto que estoy haciendo, es casi como bautizarle un niño.

Y yo que, aunque como conferenciante y docente, tengo alguna experiencia en esto de hablar en público, les tengo que confesar que nunca he presentado nada. Ni a nadie. No es el género de la presentación literaria algo que lleve en mi mochila. Así que esto de hoy, es algo así como pedirle a un poeta que escriba una comedia o como pedirle a un pianista que te toque las maracas. Pero uno que, como Fernando, tiene alguna que otra virtud, por poco que se le note, dije aquello de “cuánto honor amigo mío”. 

Pero no solo cuento entre mis virtudes la de disimular con arte. Entre ellas está la de hacer cada cosa con el mayor de los cariños, como si fuera lo último que me tocara hacer en la vida. Siempre me he dicho que hay dos únicas formas de hacer algo: bien o mal. Y me apliqué a hacerlo bien. “Confía en ti”, me dije, al cabo, quién mejor que un amigo, para concederte indulgencia tras tus errores. 

Les advierto que no pienso desvelarles nada sobre el libro que hoy se presenta. Salvo prevenirles de que, para mi gusto, estamos ante la mejor obra escrita hasta el momento por nuestro veterano autor. Digo veterano no tanto por viejo como por experto. Y digo que es solo la mejor obra que hasta el momento tiene escrita Fernando, porque él sabe que yo opino, que su obra maestra todavía está por llegar. No se si será azul o roja, pero su obra maestra, créanme aún no ha visto la luz de este mundo.

Permítanme no obstante, antes de comenzar a hablarles de Percibo Azul, que les cuente cómo conocí a Fernando Lumbreras. Permítanme remontarme al viejo mundo. Me refiero al mundo anterior a la gran crisis, donde todos éramos diferentes. Todos éramos más ricos. Y menos felices. 

Sería el año 2009 cuando tuve que conocer a Fernando. Y digo tuve, porque a verle fui forzado, como el que afronta un mal trago. Era yo un importante directivo de una importante empresa inmobiliaria. Y Fernando un importante gestor en una importante caja de ahorros. Todos éramos importantes en el viejo mundo. Importantes y ricos. Ricos e infelices. Cuando mi empresa comenzó a incumplir sus obligaciones con el banco, fuimos llamados a capítulo. Tuve por tanto que visitar a un tal Fernando Lumbreras, para darle explicaciones de aquella morosidad impresentable. Pero lejos de encontrarme al típico orco del recobro, conocí a un hombre de lo más razonable, que desempeñaba su trabajo con total honestidad, cortesía y comedimiento. La crisis estaba en sus inicios y todavía nos quedaban muchos palos por recibir. A él y a mí. 

Aunque Fernando daba facilidades de pago, ni que decir tiene que mi empresa, lejos de cumplir con aquellas deudas con Caja Madrid, sumó a la cuenta otras muchas, multiplicando los ceros hasta cifras astronómicas e insuperables. Corriendo el tiempo mi empresa cerró, igual que la suya. A mí me despidieron, igual que a él. Y los dos al cabo acabamos en el paro. El uno que no pagó, el otro no cobró, sin más riqueza cada uno, que la que no se veía con los ojos. Descubrimos entonces que la felicidad no estaba en la cuenta corriente y que la vida tenía muchos más colores que el de la imagen corporativa de esa empresa en la que un día recalamos y en la que pensábamos jubilarnos. La vida nos hizo inmensamente ricos en tiempo libre, que los dos utilizamos para dedicarnos a aquello que más nos gustaba. Y así fue, con aquella amistad de comienzo accidentado, como este que les habla, se aproxima a la vida y obra de Fernando Lumbreras, un escritor que nunca se hará rico, porque como decía Napoleón, “el modo más seguro de permanecer pobre es ser honrado”. 

Repito. Fernando es un tío raro. Como yo. Hoy en día, llegar a ser raro te hace atractivo. Él tiene una gran ventaja frente a mí, porque ve colores. Él es azul de muchos tonos y para mí, el azul no es más que azul. Es un hombre sencillo, que puede resultar a veces misterioso. A veces, cuando estudiábamos juntos las formas de ganarnos la vida, yo le he regañado. Por inocente y confiado. Fernando ten cuidado… Fernando que no me fío… Fernando no te metas…Que perderás el tiempo… Porque Fernando, en el fondo, es más honesto que yo. Prefiere que le traicionen a dejar de confiar en el mundo. Prefiere que le hieran a ir por la vida con el corazón rodeado de espinos.

Es quizá esta forma de ser la que adivino en el protagonista de esta obra, que no se si llamar novela, drama, libro de poemas o guion de cine. Porque Fernando, en el ciento y pocas páginas que tiene este libro azul que nos trae aquí, ha sido capaz de meter el mundo entero. No piensen que les voy a contar el libro, ni siquiera detallarles de qué va. Dejo la sorpresa para ustedes, ese camino lo andarán solitos. 

Cuando lo leí por primera vez, era solo un borrador. Ahora lo he vuelto a leer, ya en versión definitiva. Y la impresión, la grata impresión, fue parecida. Al leerlo, se imagina uno en patio de butacas. Con cada capítulo percibe uno la bajada del telón, el cambió de escenario a veces, el juego de luces y efectos que nos trasladan de una escena a otra. Fernando eres dramaturgo ahora o qué. Pero no solo eso, es que además ha escrito un drama moderno, de los que ahora dan fuerte en las salas de teatro de Madrid y Barcelona. No se extrañen ustedes que la vean representada aquí en Sevilla dentro de poco.  Solo le faltaría, imprimir de primera página la consabida presentación adelantada para pasar por obra de teatro ante los mejores entendidos.

En cuanto al formato, Percibo Azul es pequeño pero matón. Se deja estirar durante días. Pueden ustedes leerlo poco a poco. Abrirlo y cerrarlo al poco de pasar dos páginas. El libro les va a dejar hacer su vida. No les va a esclavizar. Se conformará con que le cojan a ratos. A ratitos. Me gustaba leer capítulos y luego dejarlo. El libro te cala así un poco más y cuando le coges, descubres que ha pasado un día, igual que el tiempo que media entre un capítulo y otro. 

Cuando leía, tenía la permanente sensación de estar leyendo un texto autobiográfico. Porque Salvador, el protagonista en cuyo salón van ustedes a sentarse, es cautivo del azul, como mantra, como guía. El mismo color que inspira la vida y obra de nuestro autor.

Pero además tuve la sensación de que estaba leyendo una crónica social. Y además una reseña histórica y antropológica de la España de finales del siglo XX. Una íntima nota de prensa de la clase media extremeña y española, tan sufridora y tan paciente como siempre. 

En D. Salvador, descubrirán ustedes un prisma de caracteres, un crisol de colores que Fernando ha pintado como el artista que es, paleta en mano, para crear algo nuevo, que lleve su sello para siempre. En Salvador yo veo la melancolía de Fernando Pessoa, porque Percibo Azul lleva un poco de crónica del desasosiego. 

Descubro a Mark Twain, que escribía en su cama y salía poco de casa. D. Salvador vive solo y tiene la cama en el salón, para acostarse cuando le apetece. Mark Twain se compró una cama muy decorada en el viaje de novios, que le llevó a su mujer y a él por Europa. A Twain le gustaba tanto su cama, que dormían al revés para poder admirar el cabecero de madera de caoba labrada. En aquella cama, recibía Twain a las visitas y desde luego, acostado en ella escribió sus obras más celebradas universalmente. Twain nunca se hizo rico, amigo Fernando, el genio es así.

En Percibo Azul, descubro también a Marco Aurelio, emperador de los romanos, conocido como el emperador filósofo. En el siglo II, Marco Aurelio culminaba la edad de oro de los mejores emperadores de Roma, que comenzó con Trajano. En su tienda, durante las campañas contra los cuados y los marcomanos, en lo que hoy conoceríamos como Hungría y Bohemia, escribía sus pensamientos, que pretendía que fueran su guía de mejora personal, notas sueltas y breves, que quedaban después guardadas en cualquier cartera o cajón. A su muerte, sus manuscritos quedaron olvidados, hasta que en el siglo XVI alguien las encontró en Roma y fueron publicadas bajo el nombre de Meditaciones. Les recomiendo que lo lean, es un librito que pueden encontrar en librerías por muy poquito dinero. Léanlo después de Percibo Azul para, como dicen hoy, un completo disfrute de la experiencia.  

En Percibo Azul descubro también las más novedosas tendencias de la psicología y el autoanálisis. Hay Mindfulness en la frase de “Hoy soy plenamente consciente”, conciencia plena de Salvador, atención plena al presente, evitando los fantasmas, el estrés tóxico y las obsesiones destructivas que nos hacen olvidar el presente y por tanto la vida, la nuestra y la de los demás, viviendo enfermizamente en un pasado que ya no existe. Dicen los neuropsicólogos expertos en esto del Mindfulness, que el ser humano es el único animal capaz de pasar su existencia sin vivir, viviendo en el pasado o en el futuro, pero sin ser conscientes del presente que están viviendo. 

Y termino ya, porque nadie se ha levantado todavía y no es cuestión de seguir tentando a la suerte. 

Dice Fernando en Percibo Azul: “El amor es la razón de la sinrazón”. Sí, van a encontrar ustedes amor, y no poco, en Percibo Azul. El amor, el desamor, la rutina, la vida, la muerte, lo cotidiano y lo extraordinario. Tantas cosas en la vida corriente de un hombre sin nada de particular, nacido en una ciudad cualquiera en una época ni más ni menos convulsa que otras.

Les dejo ya, ahora sí, con una frase que encontrarán escondida en este pequeño contenedor azul lleno de tesoros, que es este modesto librito que hoy se llevarán a casa: 

“Hay quien piensa que la felicidad es un estado que se logra después de mucho buscarlo y hay quien piensa que son ratitos nada más”.

Muchas gracias.

De la presentación del libro Percibo Azul, de Fernando Lumbreras. Pub Meliés, Sevilla. 24 de noviembre de 2016.