miércoles, 31 de enero de 2018

UNA MASCARA POR AMOR




Sé que amarla es una traición a Francia. Pero no amarla es una traición a mi corazón.

Me gusta el cine. Y las películas históricas o con historias del pasado. Como a tantos españoles, desde pequeño, me fascinaba asistir a hechos de otros tiempos, reales o imaginarios, y vivir aventuras intensas en la piel de los héroes de los largometrajes.
 
Así que, como hace tanto tiempo que no le meto mano a mi blog, hoy voy a escribir de cine. Y quién sabe, lo mismo tiro del hilo y comento en cada entrada alguna de las películas míticas que marcaron mi niñez, mi juventud o mi madurez, utilizando mi punto de vista personal y extractando de ellas conclusiones curiosas o aplicaciones útiles. En esta ocasión, y en las posteriores si al destino le place, intentaré dedicarme a éxitos menores, obras infravaloradas casi siempre, películas de segunda línea, no por ello menos populares, que me atrajeron especialmente y sobre las que escribir aporte algo al manido tema de la crítica cinematográfica.

Y comenzaré por una película que me gustó desde la primera vez que la ví, que han sido unas cuantas desde entonces. El hombre de la máscara de hierro es una película de 1998 que nunca fui a ver al cine. Me la encontré un día cualquiera en la televisión de casa, donde la descubrí tarde, pero donde tuve la oportunidad después de poderla ver, repetidamente, todas ellas con gran interés. La película es amenísima, muy divertida y llena de aventuras emocionantes que mantienen al espectador encajado en la silla. También es una película romántica y dramática, con historias familiares y amorosas intemporales. Aunque no es la primera vez que el cine abordaba el mito del prisionero misterioso (todas muy desafortunadas), esta película dignifica la misma historia/leyenda y la engarza con la novela de Dumas, Los Tres Mosqueteros, de una manera magistral. Está cargada de frases antológicas, que pueden hacerte morir de la risa o dejarte reflexionando sobre el sentido de tu vida. Y por último, cuenta con un sorprendente desenlace, que llega tras una sobrecogedora escena final. 

A pesar de todo esto, no sería perfecto si no contara con un reparto envidiable: Leonardo DiCaprio, Gabriel Byrne, John Malkovich, Gérard Depardieu y Jeremy Irons. Sin olvidar, a unos jóvenes Huge Laurie y Edward Atterton con unos papeles secundarios (o terciarios) que son muy meritorios a pesar de que pasan desapercibidos. No me tachen de misógino por no nombrar a ninguna mujer. Sencillamente, en esta película no hay color entre unas estrellas y otras.

Aunque la película gastó un presupuesto de 35 millones de dólares y generó taquilla por 183 millones, la crítica no la trató bien, posiblemente por la negativa estela dejada por obras anteriores sobre el mismo tema y los prejuicios sobre su director Randall Wallace, del que solo se tenían noticias como guionista de Braveheart, pero que se estrenaba en la dirección con El hombre de la máscara de hierro. A pesar de todo, recibió cinco nominaciones a diferentes premios en festivales de cine, de los cuales ganó tres.

No escribiremos aquí el argumento de la película ni repasaremos las incoherencias con la cronología histórica real o las auténticas biografías de los protagonistas de la aventura. La película no trata de pasar por histórica y, al cabo y como siempre digo, el cine es cine. Pero tampoco tendré remilgos en revelar la trama, pues a poco que hayan visto algo de cine en la tele, la habrán tenido que ver.

El primer hecho por el que me gusta esta película es porque pilla viejos a los tres mosqueteros. Aquí no tengo más remedio que dar un tirón de orejas a la RAE. Según nuestra Academia de la Lengua, todas las acepciones (trece en total) del adjetivo "viejo" son peyorativas y echo en falta aquella por la que se califica al sujeto como experto, veterano. Y no faltan usos comprobados, como el de “soldado viejo”, muy del gusto en los Tercios, y que venía a significar, el que sabe, el maestro, el depositario de los valores y conocimientos de su oficio. Es por esto por lo que digo que el comienzo de la aventura pilla a Athos, Porthos, y Aramis algo viejos, en ambos sentidos. Por un lado, abandonada la vida militar, uno malvive amargado en un barrio modesto de París, el otro malgasta borracho sus ahorros en los peores burdeles de la capital y el otro se metió a clérigo. Solo D’Artagnan se mantiene en activo, ahora como Capitán del Cuerpo de Mosqueteros y hombre de confianza del Rey, un joven Luis XIV. Pero por el otro, cuando a pesar de viejos, logran “recordar” quiénes son en realidad, recuperan a quienes llevan realmente dentro, desempolvan sus viejos uniformes y luchan, una vez más, por la justicia y el derecho. Los aldabonazos de la vida sirven para despertarnos, para zarandearnos y hacernos recordar quiénes somos, de dónde venimos y todo aquello de lo que somos capaces. La madurez entonces se convierte en tu mejor aliado, se pone de tu parte para ayudarte a alcanzar tus metas con mayores garantías y seguridades que cuando eras joven.

La película nos alerta también de los peligros de la avaricia, la ambición y el acomodamiento. Nos recuerda que del egoísmo y la soberbia nacen los peores males para el hombre, como consigue transmitir, en una representación acertadísima, Di Caprio en el papel del joven rey. Pero de la aceptación, la humildad y el valor es capaz de nacer lo mejor del ser humano, quien puede entonces atravesar océanos de dificultades, sin desanimarse ni acobardarse ante nada, como igualmente nos hace ver, he aquí su mérito, otra vez Di Caprio, en su versión del prisionero sin nombre. 

Por último, la rebeldía y el amor. Soterrada bajo el hilo principal, perceptible solo al cinéfilo más avispado o identificable a la segunda o tercera vez de ver la película. La historia escondida de D’Artagnán y la reina Ana de Austria aparece intermitentemente a lo largo de la trama, sin revelar su auténtica importancia hasta el final, cuando se revelan todos los secretos. Un amor que desafía las reglas, las que están escritas y las que no, perdurando en el tiempo con tan solo una rosa, de cuando en cuando, sobre el reclinatorio de la capilla. Nos admira la capacidad de aguante de los amantes, día tras día, para esconder un amor que a veces traspasa los labios cerrados a través de las miradas y que a veces no puede callar lo que grita el corazón.

Y cubriéndolo todo, como una sutil pátina antropológica, el eterno debate sobre la bondad del hombre, el dilema sobre si cambiar es posible, sobre la naturaleza de la maldad o la bondad del corazón y la capacidad del ser humano para dominar sus afectos y su voluntad a través de las circunstancias, las ofensas y el tiempo. La película nos emociona porque nos sitúa de cara a la cuestión del poder y su moral, nos desnuda la importancia de la empatía del ser humano y el sufrimiento que causamos cuando actuamos sin tener en cuenta las vidas y los sentimientos de los demás.

Y no diré más porque, aunque improbable, alguno habrá que aún no la haya disfrutado. Y si ya lo hicieron, siéntense de nuevo a verla. Es mi consejo. Lo siento, pero me emociona volver a ver a los mosqueteros después de tantos años. Esos héroes de mi niñez, que envejecen conmigo, desde aquellos días de los setenta, cuando llegaron a mí, sin necesidad de dibujos animados, los que por cierto me divertían mucho también, y ayudaron a que la siguiente generación se aproximara a la novela de Dumas. 

Me electriza escuchar que todos morimos, pero que lo importante es cómo lo hacemos. Me sigue conmoviendo el uno para todos, todos para uno: el valor de sacrificarse por alguien o por algo, despreciando las consideraciones y los peligros cuando se trata de ayudar a tus compañeros. Y me emociona descubrir, al final y solo al final, quién de todos ellos, era el hombre que realmente llevaba puesta, durante toda la vida, una máscara de hierro.

Sé que amarla es una traición a Francia. Pero no amarla es una traición a mi corazón.
D'Artagnan de Béarn



jueves, 7 de septiembre de 2017

LA CIVILIZACION REVERSIBLE

Lo que no es tolerable es precisamente la intolerancia, el fanatismo, y todo lo que pueda conducir a ello



He querido comenzar este artículo de mi blog con este video, que resume de una forma magistral su punto de vista. Es una escena de la archiconocida La vida de Brian, en la que unos radicales judíos debaten acerca de los beneficios de la conquista romana y las ventajas o desventajas recibidas. El Imperio que los romanos establecieron supuso la extensión de la civilización y el progreso, una fertilización cultural, social y tecnológica que cambió la vida de sus habitantes durante generaciones. A veces, esta expansión se realizaba de forma pacífica e incruenta pero también es cierto que, con frecuencia, los pueblos eran anexionados por la fuerza de las armas, en largas guerras en las que los romanos se acababan imponiendo a un conquistado, que tardaba en aceptar esta dominación. Hasta el siglo V de nuestra era, el Imperio Romano fue el estado más eficiente, moderno y avanzado de su tiempo. De hecho, fue, quizá junto con el Chino, el único Estado que podía denominarse como tal, de entre todas las naciones que habitaban el Planeta. Durante generaciones, sus habitantes gozaron en su interior de un nivel de vida, seguridad y prosperidad muy superior a todo lo que podía encontrarse fuera. Desde Britania hasta Mesopotamia, la curva del progreso económico, político, ideológico y cultural fue ascendente durante siglos.

Y sin embargo, todo eso acabó. 

Fuerzas externas junto con debilidades y complacencias internas, provocaron su caída, desmembramiento y desintegración. La civilización romana de Occidente fue destruida y sustituida por una amalgama de estados dominados por élites germánicas, cuyas fuerzas habían derrotado a un exhausto ejército romano. Todo tipo de godos, francos, alanos y anglos comparten el dudoso honor de inaugurar los oscuros años de la Edad Media. Solo la parte Oriental del Imperio mantuvo encendida la luz de la civilización durante toda la Edad Media, aunque su extinción acabó verificándose en cómodos plazos entre 1204 y 1453. Su propio nombre, Edad Media, designa aquello que se encuentra entre un principio y un fin.

En Occidente, el recuerdo y la añoranza del Imperio Romano perduró en el inconsciente colectivo durante siglos, convirtiéndose en el ideal a añorar y recuperar. El eco de un mundo en el que imperaban el derecho, la paz y la prosperidad está en el fondo de las leyendas artúricas. Hasta el siglo XV la civilización occidental casi detuvo su progreso económico y social. A ese siglo los historiadores lo llamaron el siglo del Renacimiento: hubo que volver a nacer, recuperando el progreso allí donde se quedó, en el fin de la Antiguedad. En la cultura, en el derecho, en las artes y en la ciencia, la Humanidad retomó su progreso allí donde lo había dejado y justo cuando los turcos apagaban la luz de Constantinopla. A partir de ahí, durante la Edad Moderna, Occidente avanzó, de un modo bastante inconstante, por la senda del progreso, sacudiéndose una lacra medieval tras otra, hasta nuestra era actual, curzando etapas con nombres tan sugesitovos como Edad Moderna o Ilustración.

Como vemos, la historia de la Humanidad no ha sido siempre un camino de progreso. La regresión, el retroceso de los avances y los logros sociales, culturales y científicos es un fenómeno completamente real y comprobado. Si necesita el lector ejemplos más concretos y cercanos, puede tomar algunos de nuestra propia Historia, la de España, donde encontrará algunos “vivan las cadenas”, mucha inquisición y bastantes luchas fratricidas, hechos que han mantenido a nuestro país a la cola de Occidente hasta finales del siglo XX.  Si es ambicioso, puede el lector progresar en el estudio de civilizaciones perdidas, donde se dará de bruces con el moderno debate de si ésta que conocemos, es o no la primera Humanidad de la Tierra.

En realidad, el progreso puede adquirir distintas velocidades según las zonas del mundo, donde vemos que una mera frontera separa hoy a pueblos sumidos en la Edad Media de otros que se han ganado a pulso su estatus actual.
Parlamentarias antes y despues de la Revolución Islámica

Porque al final, lo que realmente alarma es que la civilización parece ser reversible. Países que han disfrutado de un grado de bienestar y libertades moderno han venido sufriendo regresiones revolucionarias y en ocasiones violentas para volver a la Edad Media. En Occidente nos pasaron casi desapercibidas. Pero fueron numerosos los países donde la versión más rancia y casposa del Islam hincó sus roídos dientes para lograr subsistir. Como un monstruo de otro tiempo que se niega a morir, el Islam medieval se impuso allí donde la debilidad de los moderados se lo permitió. Financiado por grandes fortunas y la errónea política exterior de los Estados Unidos, el monstruo se hizo con un poder que nunca debió tener. Y allí, los derechos sociales, las libertades, la cultura y el progreso se volaron por los aires con ayuda del miedo, el atraso ideológico, la violencia y la represión. Los europeos casi ni nos enteramos.

Pero ahora nos estamos enterando. Y si lo hicimos fue a través de unas noticias que nos presentaban aquellos hechos, envueltos en un celofán de buenismo, de ingenuidad y buenismo, de simpatía y romanticismo. Qué lindas las primaveras árabes.

Debemos enterarnos de que la nuestra, nuestra civilización también es reversible. Europa se está enterando de las amenazas que penden sobre su estilo de vida, a su progreso, a su filosofía de entendimiento de la libertad, la sociedad y el progreso. Las amenazas se han colado hasta la cocina gracias a nuestra complacencia que, disfrazada de buenismo, adornan nuestro pecho como si fuéramos generales muy condecorados. Como en el Imperio Romano, las debilidades internas se pueden aliar con las amenazas externas, para dar al traste con siglos de avances y conquistas sociales. 

Son sin dudas, cuestiones a tener en cuenta, no para vivir con miedo, sino para nunca dormirse. Son reflexiones que nos invitan a no bajar la guardia, a permanecer alerta, a actuar con toda la firmeza de la fuerza contra aquellos que se propongan aprovecharse de nuestro progreso para imponer su viaje a la Edad Media.

Terminaré con todo un párrafo de Karl Popper, de su libro La sociedad abierta y sus enemigos;
Menos conocida es la paradoja de la tolerancia: La tolerancia ilimitada debe conducir a la desaparición de la tolerancia. Si extendemos la tolerancia ilimitada aun a aquellos que son intolerantes; si no nos hallamos preparados para defender una sociedad tolerante contra las tropelías de los intolerantes, el resultado será la destrucción de los tolerantes y, junto como ellos, de la tolerancia. Con este planteamiento no queremos significar, por ejemplo, que siempre debamos impedir la expresión de concepciones filosóficas intolerantes; mientras podamos contrarrestarlas mediante argumentos racionales y mantenerlas en jaque ante la opinión pública, su prohibición sería, por cierto, poco prudente. Pero debemos reclamar el derecho de prohibirlas, si es necesario por la fuerza, pues bien puede suceder que no estén destinadas a imponérsenos en el plano de los argumentos racionales, sino que, por el contrarío, comiencen por acusar a todo razonamiento; así, pueden prohibir a sus adeptos, por ejemplo, que prestan oídos a los razonamientos racionales, acusándolos de engañosos, y que les enseñan a responder a los argumentos mediante el uso de los puños o las armas. Deberemos reclamar entonces, en nombre de la tolerancia, el derecho a no tolerar a los intolerantes. Deberemos exigir que todo movimiento que predique la intolerancia quede al margen de la ley y que se considere criminal cualquier incitación a la intolerancia y a la persecución, de la misma manera que en el caso de la incitación al homicidio, al secuestro o al tráfico de esclavos.
Hasta la próxima.


Lo que no es tolerable es precisamente la intolerancia, el fanatismo, y todo lo que pueda conducir a ello.
Voltaire 1644-1778
Historiador, filósofo, escritor y abogado francés


miércoles, 22 de marzo de 2017

LA PELA NO ES LA PELA

Para que triunfe el mal, basta con que los hombres de bien no hagan nada.


19 de marzo de 1994, Alcalá de Guadaira, Sevilla. Cientos de familias se manifiestan en protesta por el anuncio de cierre salvaje de la fábrica de la multinacional norteamericana Gillette. Doscientos cuarenta y seis trabajadores estaban virtualmente en la calle, pero estaban dispuestos a luchar. Luchaban porque aquella empresa multiplicaba sus beneficios mundiales año tras año. Luchaban porque se llevaban la producción a otros países, con el fin de pagar salarios miserables a trabajadores rusos, turcos y polacos. Luchaban porque aquella fábrica suponía el sustento de todas esas familias de Alcalá y Sevilla desde 1967. 

Pero Gillette cerró. De nada sirvieron las protestas, los gritos, los tumultos, las lágrimas de hombres y mujeres que quedaron en el paro, muchos de ellos para siempre. Alguien, en algún despacho de sillones de cuero y maderas nobles, había decidido que la suerte de 246 familias de aquella ciudad del sur de España estaba echada. 
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Tenía entonces yo 23 años y ultimaba mis estudios de la carrera de Ciencias Económicas y Empresariales en la Universidad de Sevilla. Aquello que veía por la televisión causó una honda conmoción en mi joven mente de futuro economista. Rebelado ante la impotencia, me preguntaba si podría hacerse algo , algo más que manifestarse, algo más que gritar y que llorar. Me preguntaba si la gente, los ciudadanos de a pie, los pobres y pequeños patriotas del pueblo, podrían hacer un gesto, aunque fuera insignificante, para mover las montañas de la economía y las voluntades políticas. ¿De verdad no podía hacerse nada contra aquello?

Aquellas ideas que me asaltaron entonces, han sido compartidas después por muchos teóricos de la economía, hasta el punto de que, gracias a muchas obras y artículos, están mucho más desarrolladas en este siglo XXI actual. Aunque todavía queda mucha conciencia de masas que desarrollar, hoy por hoy, los consumidores son mucho más conscientes de su poder colectivo de lo que lo eran antes. Sin embargo, lo que en realidad falla a nivel de masas, es la cadena de transmisión que va de la conciencia a la acción. Es aquí donde encontramos lo que los expertos llamarían el “gap”, la brecha, la discontinuidad de la que todavía se sirve el gran interés económico para despreciar o, al menos, no temer, el gran poder del consumidor consciente

¿Qué supone ser un consumidor consciente? Pues ni más ni menos que no formar parte del rebaño. El consumidor consciente es  aquel que no se deja seducir por el precio y se hace preguntas, va mas allá, piensa en las consencuencias, aunque sean minúsculas, de su decisión de compra. Y la decisión la componen respuestas a preguntas como, qué comprar, dónde comprarlo y a quién.

Porque, por desgracia para todos nosotros, aquello de la pela es la pela, es el arma sutil y al mismo tiempo poderosa, que manipula la voluntad de las masas a nivel industrial. Sin embargo, aún queda una esperanza a los patriotas. A los únicos patriotas reales les queda convertirse en consumidores conscientes.

Nos engañan para buscar gasolineras donde podamos repostar cada vez más barato, pero aceptamos de buen grado tener que servirnos nosotros mismos el combustible. Así nos la dan barata sí, pero a costa de eliminar puestos de trabajo. Los mismos puestos que está eliminando la banca, gracias a que los canales online sustituyen a los empleados. Los mismo puestos que eliminan los supermercados, donde el cliente ya no solo se sirve los productos sino que incluso se los pesa en la frutería y dentro de poco se los cobra a sí mismo en una caja automatizada.

Presumimos de ecologistas y amantes del medio ambiente, pero rehusamos pagar unos euros de más consumiendo productos ecológicos libres de pesticidas o carnes de producción respetuosa con el planeta.

Compramos un coche , mendrugos y zoquetes todos nosotros, y elegimos uno fabricado en Suecia, siendo España uno de los mayores productores de coches del mundo, con plantas de fabricación en Cataluña, Valencia, Aragón…

Presumimos de patriotas, pero no leemos las etiquetas de lo que compramos. Suscribimos seguros y no nos importa si esa compañía tiene su domicilio social en Gibraltar, con lo que nos convertimos en cómplices del colonialismo y de los paraísos fiscales. Todos aquellos poderosos que, cada mes de agosto, ponen una banderita española en la mano de cada ciudadano para enojarnos contra Gibraltar, son los mismos que tienen radicadas sus empresas allí, donde se estima que los seis kilómetros cuadrados de colonia albergan 80.000 empresas, la mayoría de ellas de capital…. ¿británico?... no, español.

Clamamos contra el paro que azota nuestro país, nuestra región, pero hacemos kilómetros para comprar en grandes almacenes de ferretería y jardinería, sin hacer ni el intento, de preguntar en el negocio local de nuestro barrio o nuestro pueblo, si tendrían tal o cual artículo. Pensamos que será más caro y no estamos dispuestos a soltar ni un céntimo de más.

Lo mismo aplica a esos famosos bazares que nos seducen con su variedad y precios, porque tienen de todo, pero que no dejan en nuestra ciudad ni en nuestra economía ni un céntimo más de lo imprescindible, porque todos los euros que les damos viajan veloces al lejano oriente. ¿En serio que es saludable para su región comprarles a ellos?

Y nos quejamos de la insolidaridad del separatismo nacionalista, que pretende arrancar del común la riqueza que nuestros abuelos y padres localizaron allí, pero al mismo tiempo compramos productos, vemos películas y mandamos todos los euros de España hacia aquellas regiones, tan solo porque la pela es la pela y no vamos a molestarnos en comprar una pizza, un jamón de york, un caldo de pollo o un cacao soluble un poco más caro o disponible en el supermercado de dos calles más allá. Faltaba más.

Clamamos contra los sueldazos y las puertas giratorias de las grandes eléctricas, pero ¿cuántos de nosotros penalizamos a tal o cuál eléctrica, eligiendo la competencia? Igual ocurre con las compañías telefónicas. Algunos se fueron de Vodafone, donde estaban bien tratado sen cuanto a servicio y tarifas. ¿La causa? Un anuncio de TV de mal gusto, insolidario e insultante con un determinado colectivo social (los afectados lo recordarán bien). El público clamó disgustado, la compañía retiró el anuncio a las pocas semanas y pidió disculpas. A muchos no le sirvieron. No daban crédito a que se fueran de Vodafone por causa de un anuncio de televisión. Otros protestaban en Twitter, pero su protesta era dejar su operadora. Es así de simple. Sin miedos.

"Mientras sean pobres comprarán según el precio. Mientras compren según el precio les venderemos lo que queramos. Mientras nos compren a nosotros seguirán pobres." Por eso nada cambia nunca. Por eso los ricos son cada vez más ricos y los pobres cada vez más numerosos. En España, la crisis ha hecho duplicar las fortunas de los que ya eran ricos, mientras que ha acuñado términos como "trabajador pobre" e incluso "empresario pobre", para designar algo terrible, que puede tenerse un empleo, ser empresario o autónomo, y ser casi tan pobre como estando en paro.

Esta es la falta de conciencia, patriotismo y compromiso que aboca a las masas a seguir siendo manipuladas, a regiones como Andalucía a permanecer a la cola de la industrialización, el comercio y la renta per capita. Esta falta de consecuencias fue lo que decidió a Gillette a cerrar su fábrica de Sevilla, como después hizo Flex y después Roca. ¿Han pensado en las consecuencias para Flex si 8 millones de andaluces decidieran no comprar ningún colchón más de esa marca en toda su vida?

El día en que los consumidores alineen sus creencias con sus actos, sus opiniones con sus decisiones reales, solo ese día, comenzará la verdadera democracia participativa, el verdadero gobierno del pueblo, no ya con un voto cada cuatro años, sino con el voto diario y poderoso de elegir qué y, sobre todo, a quién compramos. En este mundo globalizado, el dinero, nuestro dinero, es el que en realidad manda.
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Con los ojos entornados por el sueño, mientras suenan en la radio las noticias del día, me miro al espejo congratulándome porque estoy vivo un día más y tengo el gustazo diario de coger mi Wilkinson Sword Hydro 5 y afeitarme la cara con ella. Wilkinson nunca cerró una fábrica en Sevilla, porque nunca la tuvo. Pero este que está aquí, el hijo de un dependiente de comercio, se prometió a sí mismo, un día del padre de 1994, que a Gillette le podían ir dando por culo. De por vida.

Para que triunfe el mal, basta con que los hombres de bien no hagan nada. 
Edmund Burke, escritor, filósofo y político británico.