miércoles, 22 de marzo de 2017

LA PELA NO ES LA PELA

Para que triunfe el mal, basta con que los hombres de bien no hagan nada.


19 de marzo de 1994, Alcalá de Guadaira, Sevilla. Cientos de familias se manifiestan en protesta por el anuncio de cierre salvaje de la fábrica de la multinacional norteamericana Gillette. Doscientos cuarenta y seis trabajadores estaban virtualmente en la calle, pero estaban dispuestos a luchar. Luchaban porque aquella empresa multiplicaba sus beneficios mundiales año tras año. Luchaban porque se llevaban la producción a otros países, con el fin de pagar salarios miserables a trabajadores rusos, turcos y polacos. Luchaban porque aquella fábrica suponía el sustento de todas esas familias de Alcalá y Sevilla desde 1967. 

Pero Gillette cerró. De nada sirvieron las protestas, los gritos, los tumultos, las lágrimas de hombres y mujeres que quedaron en el paro, muchos de ellos para siempre. Alguien, en algún despacho de sillones de cuero y maderas nobles, había decidido que la suerte de 246 familias de aquella ciudad del sur de España estaba echada. 
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Tenía entonces yo 23 años y ultimaba mis estudios de la carrera de Ciencias Económicas y Empresariales en la Universidad de Sevilla. Aquello que veía por la televisión causó una honda conmoción en mi joven mente de futuro economista. Rebelado ante la impotencia, me preguntaba si podría hacerse algo , algo más que manifestarse, algo más que gritar y que llorar. Me preguntaba si la gente, los ciudadanos de a pie, los pobres y pequeños patriotas del pueblo, podrían hacer un gesto, aunque fuera insignificante, para mover las montañas de la economía y las voluntades políticas. ¿De verdad no podía hacerse nada contra aquello?

Aquellas ideas que me asaltaron entonces, han sido compartidas después por muchos teóricos de la economía, hasta el punto de que, gracias a muchas obras y artículos, están mucho más desarrolladas en este siglo XXI actual. Aunque todavía queda mucha conciencia de masas que desarrollar, hoy por hoy, los consumidores son mucho más conscientes de su poder colectivo de lo que lo eran antes. Sin embargo, lo que en realidad falla a nivel de masas, es la cadena de transmisión que va de la conciencia a la acción. Es aquí donde encontramos lo que los expertos llamarían el “gap”, la brecha, la discontinuidad de la que todavía se sirve el gran interés económico para despreciar o, al menos, no temer, el gran poder del consumidor consciente

¿Qué supone ser un consumidor consciente? Pues ni más ni menos que no formar parte del rebaño. El consumidor consciente es  aquel que no se deja seducir por el precio y se hace preguntas, va mas allá, piensa en las consencuencias, aunque sean minúsculas, de su decisión de compra. Y la decisión la componen respuestas a preguntas como, qué comprar, dónde comprarlo y a quién.

Porque, por desgracia para todos nosotros, aquello de la pela es la pela, es el arma sutil y al mismo tiempo poderosa, que manipula la voluntad de las masas a nivel industrial. Sin embargo, aún queda una esperanza a los patriotas. A los únicos patriotas reales les queda convertirse en consumidores conscientes.

Nos engañan para buscar gasolineras donde podamos repostar cada vez más barato, pero aceptamos de buen grado tener que servirnos nosotros mismos el combustible. Así nos la dan barata sí, pero a costa de eliminar puestos de trabajo. Los mismos puestos que está eliminando la banca, gracias a que los canales online sustituyen a los empleados. Los mismo puestos que eliminan los supermercados, donde el cliente ya no solo se sirve los productos sino que incluso se los pesa en la frutería y dentro de poco se los cobra a sí mismo en una caja automatizada.

Presumimos de ecologistas y amantes del medio ambiente, pero rehusamos pagar unos euros de más consumiendo productos ecológicos libres de pesticidas o carnes de producción respetuosa con el planeta.

Compramos un coche , mendrugos y zoquetes todos nosotros, y elegimos uno fabricado en Suecia, siendo España uno de los mayores productores de coches del mundo, con plantas de fabricación en Cataluña, Valencia, Aragón…

Presumimos de patriotas, pero no leemos las etiquetas de lo que compramos. Suscribimos seguros y no nos importa si esa compañía tiene su domicilio social en Gibraltar, con lo que nos convertimos en cómplices del colonialismo y de los paraísos fiscales. Todos aquellos poderosos que, cada mes de agosto, ponen una banderita española en la mano de cada ciudadano para enojarnos contra Gibraltar, son los mismos que tienen radicadas sus empresas allí, donde se estima que los seis kilómetros cuadrados de colonia albergan 80.000 empresas, la mayoría de ellas de capital…. ¿británico?... no, español.

Clamamos contra el paro que azota nuestro país, nuestra región, pero hacemos kilómetros para comprar en grandes almacenes de ferretería y jardinería, sin hacer ni el intento, de preguntar en el negocio local de nuestro barrio o nuestro pueblo, si tendrían tal o cual artículo. Pensamos que será más caro y no estamos dispuestos a soltar ni un céntimo de más.

Lo mismo aplica a esos famosos bazares que nos seducen con su variedad y precios, porque tienen de todo, pero que no dejan en nuestra ciudad ni en nuestra economía ni un céntimo más de lo imprescindible, porque todos los euros que les damos viajan veloces al lejano oriente. ¿En serio que es saludable para su región comprarles a ellos?

Y nos quejamos de la insolidaridad del separatismo nacionalista, que pretende arrancar del común la riqueza que nuestros abuelos y padres localizaron allí, pero al mismo tiempo compramos productos, vemos películas y mandamos todos los euros de España hacia aquellas regiones, tan solo porque la pela es la pela y no vamos a molestarnos en comprar una pizza, un jamón de york, un caldo de pollo o un cacao soluble un poco más caro o disponible en el supermercado de dos calles más allá. Faltaba más.

Clamamos contra los sueldazos y las puertas giratorias de las grandes eléctricas, pero ¿cuántos de nosotros penalizamos a tal o cuál eléctrica, eligiendo la competencia? Igual ocurre con las compañías telefónicas. Yo me fui de Vodafone, donde estaba bien tratado en cuanto a servicio y tarifas. ¿La causa? Un anuncio de TV de mal gusto, insolidario e insultante con un determinado colectivo social (los afectados lo recordarán bien). El público clamó disgustado, la compañía retiró el anuncio a las pocas semanas y pidió disculpas. A mi no me sirvieron. No daban crédito a que me fuera de Vodafone por causa de un anuncio de televisión. Les dije que otros protestaban en Twitter, pero mi protesta era dejar su operadora. Es así de simple. Sin miedos.

"Mientras sean pobres comprarán según el precio. Mientras compren según el precio les venderemos lo que queramos. Mientras nos compren a nosotros seguirán pobres." Por eso nada cambia nunca. Por eso los ricos son cada vez más ricos y los pobres cada vez más numerosos. En España, la crisis ha hecho duplicar las fortunas de los que ya eran ricos, mientras que ha acuñado términos como "trabajador pobre" e incluso "empresario pobre", para designar algo terrible, que puede tenerse un empleo, ser empresario o autónomo, y ser casi tan pobre como estando en paro.

Esta es la falta de conciencia, patriotismo y compromiso que aboca a las masas a seguir siendo manipuladas, a regiones como Andalucía a permanecer a la cola de la industrialización, el comercio y la renta per capita. Esta falta de consecuencias fue lo que decidió a Gillette a cerrar su fábrica de Sevilla, como después hizo Flex y después Roca. ¿Han pensado en las consecuencias para Flex si 8 millones de andaluces decidieran no comprar ningún colchón más de esa marca en toda su vida?

El día en que los consumidores alineen sus creencias con sus actos, sus opiniones con sus decisiones reales, solo ese día, comenzará la verdadera democracia participativa, el verdadero gobierno del pueblo, no ya con un voto cada cuatro años, sino con el voto diario y poderoso de elegir qué y, sobre todo, a quién compramos. En este mundo globalizado, el dinero, nuestro dinero, es el que en realidad manda.
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Con los ojos entornados por el sueño, mientras suenan en la radio las noticias del día, me miro al espejo congratulándome porque estoy vivo un día más y tengo el gustazo diario de coger mi Wilkinson Sword Hydro 5 y afeitarme la cara con ella. Wilkinson nunca cerró una fábrica en Sevilla, porque nunca la tuvo. Pero este que está aquí, el hijo de un dependiente de comercio, se prometió a sí mismo, un día del padre de 1994, que a Gillette le podían ir dando por culo. De por vida.

Para que triunfe el mal, basta con que los hombres de bien no hagan nada. 
Edmund Burke, escritor, filósofo y político británico.

 

viernes, 25 de noviembre de 2016

PERCIBO AZUL



 Buenas tardes a todos y gracias por vuestra asistencia. 

Tengo el encargo de presentar hoy a mi amigo Fernando. Prometo no aburrirles con esta pequeña charla, no por divertida y amena, sino por breve. Unos 10-15 minutos dijo Fernando. Así que mi cerebro descartó aquello de 15 y solo recordó que me dijera “habla 10 minutos”. Como estamos entre amigos, os ruego que me interrumpáis si digo cualquier impropiedad, o bien que echéis una cabezadita, u os levantéis para pediros algo. Todo será poco alivio para ustedes, si mi discurso sale como temo. 

Yo ya sabía que Fernando era un tipo raro. Rarito, como yo. Pero que pidiera que alguien como yo se encargara de algo tan importante para él, comenzó a preocuparme, sinceramente. 

“Vengo a meterte en un lio”, fueron sus palabras, hace poco más de una semana. No te lo he dicho antes para no ponerte más nervioso, pero pensé “menudo lío”. Por suerte, me decía yo, algunos de los que estén allí ya le conocerán de sobra. Así trataba yo de aliviarme del peso de la responsabilidad que suponía, pasar a formar parte de la vida de un amigo, en un día tan señalado como la presentación de Percibo Azul. Porque esto que estoy haciendo, es casi como bautizarle un niño.

Y yo que, aunque como conferenciante y docente, tengo alguna experiencia en esto de hablar en público, les tengo que confesar que nunca he presentado nada. Ni a nadie. No es el género de la presentación literaria algo que lleve en mi mochila. Así que esto de hoy, es algo así como pedirle a un poeta que escriba una comedia o como pedirle a un pianista que te toque las maracas. Pero uno que, como Fernando, tiene alguna que otra virtud, por poco que se le note, dije aquello de “cuánto honor amigo mío”. 

Pero no solo cuento entre mis virtudes la de disimular con arte. Entre ellas está la de hacer cada cosa con el mayor de los cariños, como si fuera lo último que me tocara hacer en la vida. Siempre me he dicho que hay dos únicas formas de hacer algo: bien o mal. Y me apliqué a hacerlo bien. “Confía en ti”, me dije, al cabo, quién mejor que un amigo, para concederte indulgencia tras tus errores. 

Les advierto que no pienso desvelarles nada sobre el libro que hoy se presenta. Salvo prevenirles de que, para mi gusto, estamos ante la mejor obra escrita hasta el momento por nuestro veterano autor. Digo veterano no tanto por viejo como por experto. Y digo que es solo la mejor obra que hasta el momento tiene escrita Fernando, porque él sabe que yo opino, que su obra maestra todavía está por llegar. No se si será azul o roja, pero su obra maestra, créanme aún no ha visto la luz de este mundo.

Permítanme no obstante, antes de comenzar a hablarles de Percibo Azul, que les cuente cómo conocí a Fernando Lumbreras. Permítanme remontarme al viejo mundo. Me refiero al mundo anterior a la gran crisis, donde todos éramos diferentes. Todos éramos más ricos. Y menos felices. 

Sería el año 2009 cuando tuve que conocer a Fernando. Y digo tuve, porque a verle fui forzado, como el que afronta un mal trago. Era yo un importante directivo de una importante empresa inmobiliaria. Y Fernando un importante gestor en una importante caja de ahorros. Todos éramos importantes en el viejo mundo. Importantes y ricos. Ricos e infelices. Cuando mi empresa comenzó a incumplir sus obligaciones con el banco, fuimos llamados a capítulo. Tuve por tanto que visitar a un tal Fernando Lumbreras, para darle explicaciones de aquella morosidad impresentable. Pero lejos de encontrarme al típico orco del recobro, conocí a un hombre de lo más razonable, que desempeñaba su trabajo con total honestidad, cortesía y comedimiento. La crisis estaba en sus inicios y todavía nos quedaban muchos palos por recibir. A él y a mí. 

Aunque Fernando daba facilidades de pago, ni que decir tiene que mi empresa, lejos de cumplir con aquellas deudas con Caja Madrid, sumó a la cuenta otras muchas, multiplicando los ceros hasta cifras astronómicas e insuperables. Corriendo el tiempo mi empresa cerró, igual que la suya. A mí me despidieron, igual que a él. Y los dos al cabo acabamos en el paro. El uno que no pagó, el otro no cobró, sin más riqueza cada uno, que la que no se veía con los ojos. Descubrimos entonces que la felicidad no estaba en la cuenta corriente y que la vida tenía muchos más colores que el de la imagen corporativa de esa empresa en la que un día recalamos y en la que pensábamos jubilarnos. La vida nos hizo inmensamente ricos en tiempo libre, que los dos utilizamos para dedicarnos a aquello que más nos gustaba. Y así fue, con aquella amistad de comienzo accidentado, como este que les habla, se aproxima a la vida y obra de Fernando Lumbreras, un escritor que nunca se hará rico, porque como decía Napoleón, “el modo más seguro de permanecer pobre es ser honrado”. 

Repito. Fernando es un tío raro. Como yo. Hoy en día, llegar a ser raro te hace atractivo. Él tiene una gran ventaja frente a mí, porque ve colores. Él es azul de muchos tonos y para mí, el azul no es más que azul. Es un hombre sencillo, que puede resultar a veces misterioso. A veces, cuando estudiábamos juntos las formas de ganarnos la vida, yo le he regañado. Por inocente y confiado. Fernando ten cuidado… Fernando que no me fío… Fernando no te metas…Que perderás el tiempo… Porque Fernando, en el fondo, es más honesto que yo. Prefiere que le traicionen a dejar de confiar en el mundo. Prefiere que le hieran a ir por la vida con el corazón rodeado de espinos.

Es quizá esta forma de ser la que adivino en el protagonista de esta obra, que no se si llamar novela, drama, libro de poemas o guion de cine. Porque Fernando, en el ciento y pocas páginas que tiene este libro azul que nos trae aquí, ha sido capaz de meter el mundo entero. No piensen que les voy a contar el libro, ni siquiera detallarles de qué va. Dejo la sorpresa para ustedes, ese camino lo andarán solitos. 

Cuando lo leí por primera vez, era solo un borrador. Ahora lo he vuelto a leer, ya en versión definitiva. Y la impresión, la grata impresión, fue parecida. Al leerlo, se imagina uno en patio de butacas. Con cada capítulo percibe uno la bajada del telón, el cambió de escenario a veces, el juego de luces y efectos que nos trasladan de una escena a otra. Fernando eres dramaturgo ahora o qué. Pero no solo eso, es que además ha escrito un drama moderno, de los que ahora dan fuerte en las salas de teatro de Madrid y Barcelona. No se extrañen ustedes que la vean representada aquí en Sevilla dentro de poco.  Solo le faltaría, imprimir de primera página la consabida presentación adelantada para pasar por obra de teatro ante los mejores entendidos.

En cuanto al formato, Percibo Azul es pequeño pero matón. Se deja estirar durante días. Pueden ustedes leerlo poco a poco. Abrirlo y cerrarlo al poco de pasar dos páginas. El libro les va a dejar hacer su vida. No les va a esclavizar. Se conformará con que le cojan a ratos. A ratitos. Me gustaba leer capítulos y luego dejarlo. El libro te cala así un poco más y cuando le coges, descubres que ha pasado un día, igual que el tiempo que media entre un capítulo y otro. 

Cuando leía, tenía la permanente sensación de estar leyendo un texto autobiográfico. Porque Salvador, el protagonista en cuyo salón van ustedes a sentarse, es cautivo del azul, como mantra, como guía. El mismo color que inspira la vida y obra de nuestro autor.

Pero además tuve la sensación de que estaba leyendo una crónica social. Y además una reseña histórica y antropológica de la España de finales del siglo XX. Una íntima nota de prensa de la clase media extremeña y española, tan sufridora y tan paciente como siempre. 

En D. Salvador, descubrirán ustedes un prisma de caracteres, un crisol de colores que Fernando ha pintado como el artista que es, paleta en mano, para crear algo nuevo, que lleve su sello para siempre. En Salvador yo veo la melancolía de Fernando Pessoa, porque Percibo Azul lleva un poco de crónica del desasosiego. 

Descubro a Mark Twain, que escribía en su cama y salía poco de casa. D. Salvador vive solo y tiene la cama en el salón, para acostarse cuando le apetece. Mark Twain se compró una cama muy decorada en el viaje de novios, que le llevó a su mujer y a él por Europa. A Twain le gustaba tanto su cama, que dormían al revés para poder admirar el cabecero de madera de caoba labrada. En aquella cama, recibía Twain a las visitas y desde luego, acostado en ella escribió sus obras más celebradas universalmente. Twain nunca se hizo rico, amigo Fernando, el genio es así.

En Percibo Azul, descubro también a Marco Aurelio, emperador de los romanos, conocido como el emperador filósofo. En el siglo II, Marco Aurelio culminaba la edad de oro de los mejores emperadores de Roma, que comenzó con Trajano. En su tienda, durante las campañas contra los cuados y los marcomanos, en lo que hoy conoceríamos como Hungría y Bohemia, escribía sus pensamientos, que pretendía que fueran su guía de mejora personal, notas sueltas y breves, que quedaban después guardadas en cualquier cartera o cajón. A su muerte, sus manuscritos quedaron olvidados, hasta que en el siglo XVI alguien las encontró en Roma y fueron publicadas bajo el nombre de Meditaciones. Les recomiendo que lo lean, es un librito que pueden encontrar en librerías por muy poquito dinero. Léanlo después de Percibo Azul para, como dicen hoy, un completo disfrute de la experiencia.  

En Percibo Azul descubro también las más novedosas tendencias de la psicología y el autoanálisis. Hay Mindfulness en la frase de “Hoy soy plenamente consciente”, conciencia plena de Salvador, atención plena al presente, evitando los fantasmas, el estrés tóxico y las obsesiones destructivas que nos hacen olvidar el presente y por tanto la vida, la nuestra y la de los demás, viviendo enfermizamente en un pasado que ya no existe. Dicen los neuropsicólogos expertos en esto del Mindfulness, que el ser humano es el único animal capaz de pasar su existencia sin vivir, viviendo en el pasado o en el futuro, pero sin ser conscientes del presente que están viviendo. 

Y termino ya, porque nadie se ha levantado todavía y no es cuestión de seguir tentando a la suerte. 

Dice Fernando en Percibo Azul: “El amor es la razón de la sinrazón”. Sí, van a encontrar ustedes amor, y no poco, en Percibo Azul. El amor, el desamor, la rutina, la vida, la muerte, lo cotidiano y lo extraordinario. Tantas cosas en la vida corriente de un hombre sin nada de particular, nacido en una ciudad cualquiera en una época ni más ni menos convulsa que otras.

Les dejo ya, ahora sí, con una frase que encontrarán escondida en este pequeño contenedor azul lleno de tesoros, que es este modesto librito que hoy se llevarán a casa: 

“Hay quien piensa que la felicidad es un estado que se logra después de mucho buscarlo y hay quien piensa que son ratitos nada más”.

Muchas gracias.

De la presentación del libro Percibo Azul, de Fernando Lumbreras. Pub Meliés, Sevilla. 24 de noviembre de 2016. 

sábado, 15 de octubre de 2016

UNA CICATRIZ POR VALIENTE

Al final importa una mierda si las cosas no salen como queremos. Porque vale más tener una cicatriz por valiente que piel intacta por cobarde.


Cicatriz famosa de Harrison Ford
A todo hombre le gusta presumir de sus cicatrices. Las cicatrices adornan nuestra virilidad y nos hacen sentir importantes, quizá con razón. Herramientas de la vanidad masculina, lucir una cicatriz en lugar visible nos llena de orgullo y consideramos sexy mostrarla si se encuentra en lugar oculto. Si además podemos acompañarla de alguna historia heróica, tanto mejor. Un antecedente de riesgo, como el provocado en el enfrentamiento con algún animal (toro, fiera o perro rabioso) o bien con otro congénere en buena lid, es un tesoro que ningún hombre guardará en secreto. Algún accidente también vale, sobre todo si es de moto. Las motos tienen un atractivo especial para los hombres. Y a las mujeres les parece sexy un hombre que conduce una buena moto. Tener cicatrices por accidentes de moto es algo que nunca se esconde y que cualquier hombre se siente propenso a contar, ensoñando con despertar el deseo de cualquier oyente femenina que pudiera imaginarle surcando las autovías a lomos de su moto de gran cilindrada, rugiendo a toda velocidad entre el tráfico, con la cara misteriosamente oculta bajo un casco superchulo y todo vestido de cuero. Ah, las motos grandes, qué haríamos sin ellas.

Infelizmente yo tengo pocas cicatrices en mi cuerpo. Sin embargo, puedo presumir de que la mas expuesta de todas ellas surgió tras un accidente de moto. Sí señor, aquí donde me ven. Una cicatriz de un accidente de moto adorna la palma de mi mano derecha. Y aunque, llevado por mi natural humildad y modestia, he reservado durante años los detalles solo para los amigos, ahora, con afán de notoriedad pública, me he decidido a poner en este blog cuanta información recuerdo de aquel histórico y glorioso día, en el que aquella moto y yo, sufrimos el accidente que me llevó a mí al hospital y a ella al desguace.

Todo comienza la luminosa mañana del 15 de abril de 1994, durante mi servicio militar. Servía yo en el Ejército del Aire, habiendo ganado una OPLA, las plazas específicas de carácter técnico que el ejército ofertaba anualmente para licenciados universitarios. Así que allá iba el soldado Rivero, informático de la Escuadrilla de Control Aéreo número 2, con base en Valdezorras, Sevilla. A aquellas instalaciones todo el mundo las llamaba CAMO, utilizando las siglas de su primitiva denominación, Circulación Aérea del Mando Operativo, con la que fue bautizada la unidad en los años setenta. En las anticuadas instalaciones del CAMO, los militares de aviación y el personal civil de AENA controlaban el tráfico aéreo del sur de España, con una precariedad de medios que ya presagiaban su inminente traslado a las modernas instalaciones del aeropuerto de San Pablo, verificado al poco de licenciarme en noviembre de ese año.

Salía yo de mi casa hecho un pincel, minutos antes de las 8 de la mañana, con mucha colonia y mi uniforme de paseo, que es el que usábamos a diario en oficinas. Me repetía que todo iba a ir bien. Y lo hacía porque aquella tarde a mi madre, Iluminada, la meterían en quirófano para practicarle una mastectomía urgente. El cáncer de mama que padecía la llevó de cabeza al hospital, en un tratamiento que el cirujano decretó tajantemente. Estaba en las mejores manos, me decía yo. A la tarde, después de la jornada, iría a visitarla al hospital. Todo iría bien.

Hacía fresco aquella mañana y yo andaba los mismos pasos de cada día, camino del punto de recogida junto a aquella joven SE30, donde, frente por frente al Hospital de San Lázaro, la furgoneta del Ejército del Aire, conducida por mi camarada David, hacía su última parada de recogida, antes de tomar la carretera de Valdezorras y dirigirse al CAMO, donde trabajariamos hasta las tres de la tarde.

Justo antes de la SE30 todavía no existía la actual pavimentación, parques y lindos acerados que hay hoy. Menos aún el templo que se erige justo en la esquina del semáforo. En aquel solar de obra me crucé con otro soldado que trataba de arrancar su Vespino. Aquel pobre muchacho, con el uniforme de soldado del Ejercito de Tierra, pisaba una y otra vez el pedal, desesperado porque era incapaz de hacer funcionar aquel trasto. Así que ver venir a aquel soldado de aviación, caido del cielo, fue lo mejor que le pudo pasar. O eso creía él.
- Oye, por favor, vas para el cuartel, ¿verdad? Yo también amigo, pero fíjate que me ha dejado tirado la moto y llegaré tarde. No quiero ni pensar el paquete que me voy a ganar si no me presento a mi hora. Por favor, ayúdame a arrancarla hombre.
Sacado de mi ensimismamiento por aquel camarada, casi mecanicamente asentí con la cabeza. No pensé nada más y no imaginaba ni por el forro lo que a continuación sucedió.
- Pero yo no se manejar una moto. - balbuceé, poniéndole sobre aviso de la terrible realidad, cuyo alcance aquel ingenuo no acertó a medir.
- No importa, mira es muy sencillo. Solo tienes que empujarme que yo ya la arrancaré con el impulso... no... mucho mejor, como estás mas delgado que yo, móntate tú, así no tienes ni que hacer fuerza. ¿Ves este puño? Pues solo tienes que abrirlo al máximo y ya está. Al final siempre arranca.
Con suicida embobamiento, ocupado mi cerebro en cualquier cosa menos en prestar atención a lo que estaba haciendo, ni corto ni perezoso, el soldado de aviación Rivero se sube al Vespino y aprieta obediente el puño derecho, que a saber para qué servía en aquella máquina desconocida. Con formalidad militar, mi camarada de Tierra comenzó a empujarme con todas las fuerzas de que era capaz. Aquello no arrancaba. Me veía un poco ridículo allí paseándome en moto por el descampado.
- ¿Tienes el puño al máximo? - preguntó jadeante después de un par de vueltas.
- Sí.. sí, está a tope.
Y a tope arrancó aquello. Era verdad que siempre arrancaba. De un salto, aquella moto y yo salimos disparados hacía adelante a velocidad supersónica. Y yo, que jamás me había puesto a los mandos de una moto, me encontré de repente allí, a lomos de aquel monstruo desbocado, que rugía furiosamente con su motor a máxima potencia. Desconocedor del funcionamiento de un Vespino, bloqueado a partes iguales por la ignorancia y el miedo, era incapaz de soltar el puño del gas, con lo que la moto y yo ganábamos velocidad sobre los baches, camino de la saturada SE30.

Lo primero que salió volando fue mi gorro militar. Instintivamente giré la cabeza en su busca, así acerté a ver al otro soldado que corría tras de mi. Llevaba en alto los brazos y la boca abierta. Y por la boca salían voces, pero no pude oirlas, aunque supongo que no serían versos de Lope. Pero qué importaba el gorro ni los insultos de aquel desgraciado, si unos metros ante mí los coches pasaban en tropel, en uno y otro sentido, augurando mi inminente y dolorosa muerte. Y por primera vez aquella mañana, mi cerebro se activó, cuando mi materia gris cedió el control a aquella zona que regula la supervivencia, fue cuando mi cerebro me dijo ¡¡Salta!!. Yo le respondí ¿Que salte?. No estaba seguro de si era la mejor opción pero, o me tiraba a las bravas de aquella moto que se empeñaba en llevarme a la SE30 o era soldado muerto. 

Así que allá fuí, suicídate tú solita, moto del infierno. Me arrojé como pude hacia la derecha en una muestra de valor y me hice como pude un ovillo. El instinto me hizo poner las manos por delante para protegerme del primer impacto, pobres manos... Y lo que siguió a continuación del lanzamiento fue un festival de golpes, caretazos, estrellamientos y rebotes de mi cuerpo contra aquel suelo de albero, cascotes e inmundicias. En mi vuelo rasante, pude ver la maldita moto dando vueltas sobre todos sus ejes, mientras se estrellaba una y otra vez contra el suelo, soltando al aire piezas variadas. En la siguiente vuelta, ví al pobre dueño de la moto, que había bajado los brazos y ahora los tenía sobre la cabeza, en un gesto que venía a significar algo así como "ay madre".

Por fin, paré mi aterrizaje forzoso, y me quedé mirando al cielo, envuelto en una nube de polvo, dispuesto a hacer balance de huesos rotos, órganos reventados y articulaciones dislocadas. Poco a poco me fui moviendo hasta quedar sentado en el suelo. Comprobé el gran milagro, que no tenía nada roto, porque paracía poder moverme con normalidad, dolores aparte. Mi uniforme, antes azul ahora amarillo, me había protegido de raspaduras en el cuerpo. Tenía gran quebranto en la cadera, que notaba hinchada y caliente, pero sobre todo era la mano derecha la que sangraba en abundancia y se estaba hinchando por momentos. El pulgar derecho no podía moverlo, aquella parte de mi se había llevado lo peor.

Y así, sentado en el suelo, asistí, ya de espectador, al segundo acto de aquella tragicomedia. No se había disipado la nube de polvo cuando justo paraban allí mismo dos vehículos. Uno era la furgoneta del Ejercito del Aire, que venía a recogerme y de la que bajaron en tropel oficiales, suboficiales y tropa en dirección a mi. Mis compañeros me ayudaron a levantarme y me hicieron las preguntas de rigor. Mientras, los oficiales se dedicaban a arrestar al otro soldado a voz en grito, pensaban que aquello había sido algún tipo de riña. Aquel pobre diablo ya no podía estar más pálido: para no llegar tarde a su cuartel, se ha quedado sin moto y arrestado por maltratar a un compañero de aviación. Creo que se lo hizo encima. El otro coche que llegaba era el de mi padre, que casualmente pasaba por allí camino de su trabajo, donde debía dejar las llaves para luego ir al hospital con mi madre. Llegó hasta mi corriendo y se sumó al enredo de gritos, preguntas, arrestos, nervios y polvo.

En mi estado, como yo no acertaba a responder a tantas preguntas, me subieron enseguida a la furgoneta para trasladarme a la enfermería del Acuartelamiento Aéreo de Tablada, para examen y aplicación de los cuidados pertinentes. Allí, un enfermero militar, se limitó a echar suero en la palma de mi mano y a vendarla. Mi mano era una masa muscular inflamada, toda en carne viva, sucia a mas no poder y la piel arrancada estaba arrugada y ennegrecida por todas partes. Pero así quedé, con mi mano vendada y el brazo en cabestrillo. Diagnóstico: luxación del dedo y fuerte traumatismo con quemadura grave por rozamiento. Rechacé la baja que pretendió darme el capitán médico de guardia, que me felicitó por mi valentía y abnegación. Nada mas lejos de la realidad, yo solo pretendía volver a mi unidad, donde sabía que mi comandante me dejaría marchar a casa, mientras que la baja implicaba quedarte a vivir en Tablada.

Aquella tarde visité a mi madre, ya operada. La pobre tuvo la preocupación añadida de verme con el brazo en cabestrillo. Y fue allí, en el mismo Hospital Macarena, donde me practicaron una cura real. Me di cuenta de que era real por el cepillado que me hizo el animal de enfermero que me raspó toda la palma de la mano, bajo un chorro de agua, y mientras otra enfermera me abanicaba para que no me desmayase del dolor. Las curas fueron largas y dolorosas, aquella quemadura por rozamiento me tuvo visitando enfermerías un mes.

Y así fue como, por valiente o no, acabé con esta cicatriz de moto en la mano. Nunca supe qué fue del otro soldado, ni lo volví a ver. Cuando pude contar la historia completa, nunca vi a la gente reirse tanto. Fui objeto de bromas hasta que acabé el servicio militar. Pero yo estaba contento. porque había salido casi ileso de aquel trance. No se lo cuenten a nadie, es importante que crean que me la hice en un acto de valor, por salvar a un prójimo, por ejemplo. Y reconozco que aquello no era una Yamaha, sino un ciclomotor, pero bueno, pelillos a la mar, se considera moto ¿no?.


Al final importa una mierda si las cosas no salen como queremos. Porque vale más tener una cicatriz por valiente que piel intacta por cobarde.
Bruce Lee (1940-1973)